Un domingo por la tarde salimos a pasear con la intención de, a la vuelta, ir a tomar un café a una de las 2 cafeterías que acaban de abrir en el barrio.
Caminamos
en dirección oeste, por lo que el sol nos daba de cara. La
temperatura comenzaba a ser más amigable y se notaba porque, en los bancos
soleados, estaban charlando amigablemente algunas
personas mayores.
En uno de esos bancos había un hombre, solo. Apoyaba
sus manos en un bastón mientras miraba no se sabe si a los que pasábamos
cerca o a la pared del edificio de enfrente, al vacío, a la nada, al largo pasado o al corto futuro.
Fue entonces cuando MJ me dijo que él no se veía sentado en un banco cuando fuera mayor, en sus palabras: viejo. Yo
le respondo que los bancos son aptos para todas las edades. Desde bebés
nos sentamos en ellos, de adolescentes los usamos como
punto de encuentro con los amigos, las parejas se cuentan sus cosas
sentados en un banco, por lo que es normal que, a edades más
avanzadas, también los elijamos para descansar o pasar el tiempo.
Él sigue diciendo que no se ve sentado en un banco con un bastón en la mano.
Dejo
de darle argumentos porque veo que no tiene un razonamiento más
concreto que "porque no". Creo que la idea de que en dos días sea su
cumpleaños y que ya está entrando en esa etapa que lleva tiempo
esperando que es la prejubilación, le afecta hoy, o tal vez sea el sol
que ya comienza a calentar.
Yo sí que me veo
sentada en un banco cuando llegue a los 70 y 80. Hay un banco en mi vida para cada momento: de niña, en el parque, para merendar; de
adolescente, en el mismo parque, frente al sauce llorón y la fuente, para charlar con los amigos y comer
pipas; de mayor, y en otro parque, para comer al aire libre y no en
la mesa de la oficina.
En la actualidad, he de confesar que tengo 2
bancos favoritos en los que me siento después de dar un paseo y hacer la
compra. Me llevo de la tienda un café frío y me quedo una media hora o
más, si el tiempo acompaña, a leer un libro en el teléfono móvil. Es
como el balcón con el que siempre soñé que tendría mi casa y que no he
conseguido. Es tal el gusto por estos momentos sentada en un banco, que no escucho el ruido de los coches que pasan a mi espalda,
aunque sí, curiosamente, el canto de los pájaros y el parloteo de las
gaviotas.
Texto y foto: Etel García

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